La obra del médico en favor de las almas

La obra del médico en favor de las almas

M

{2JT 486.1}
Este es un elemento que da carácter a la obra para este tiempo. La obra misionera médica es como el brazo derecho del mensaje del tercer ángel que debe ser proclamado a un mundo caído; y los médicos, gerentes y obreros de cualquier ramo, al desempeñar fielmente su parte, están haciendo la obra del mensaje. Así la proclamación de la verdad va a toda nación, lengua y pueblo. En esta obra los ángeles celestiales tienen una parte. Despiertan gozo espiritual y melodías en los corazones de aquellos que han sido librados del sufrimiento, y el agradecimiento a Dios brota de los labios de muchos que han recibido la verdad preciosa. {2JT 486.2}
Cada médico de nuestras filas debe ser cristiano. Solamente los médicos que son verdaderos cristianos según la Biblia pueden desempeñar debidamente los altos deberes de su profesión. {2JT 486.3}
El médico que comprende su responsabilidad, sentirá la necesidad de la presencia de Cristo con él en su obra para aquellos en cuyo favor hizo tan grande sacrificio. Dejará subordinado todo lo demás a los intereses superiores que conciernen a la vida que puede salvarse para la eternidad. Hará cuanto esté en su poder para salvar tanto el cuerpo como el alma. Tratará de hacer la misma obra que Cristo haría si estuviese en su lugar. El médico que ame a Cristo y las almas por quienes Cristo murió tratará fervientemente de llevar a la pieza de los enfermos una hoja del árbol de la vida. Tratará de proporcionar el pan de vida al doliente. A pesar de los obstáculos y dificultades que haya de arrostrar, ésta es la obra solemne y sagrada de la profesión médica. {2JT 486.4}
La verdadera obra misionera es aquella en la cual la obra del Salvador está mejor representada, sus métodos copiados más de cerca, mejor fomentada su gloria. La obra misionera que no alcance esta norma se registra en el cielo como defectuosa. Será pesada en las balanzas del santuario y hallada falta. {2JT 487.1}
Conduzcan sus pacientes a Cristo
El médico debe tratar de dirigir la mente de sus pacientes a Cristo, el Médico del alma y el cuerpo. Aquello que los médicos sólo pueden intentar hacer, Cristo lo realiza. El agente humano se esfuerza por prolongar la vida. Cristo es la vida. El que pasó por la muerte para destruir a aquel que tiene el imperio de la muerte es la fuente de toda vitalidad. En Galaad hay bálsamo y médico. Cristo soportó una muerte atroz en las circunstancias más humillantes para que tuviésemos vida. Dió su preciosa vida para vencer la muerte. Pero se levantó de la tumba, y las miríadas de ángeles que vinieron a contemplarle mientras recuperaba la vida que había depuesto, oyeron sus palabras de gozo triunfante cuando, de pie sobre la tumba abierta de José, proclamó: “Yo soy la resurrección y la vida.” {2JT 487.2}
La pregunta: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14) ha sido contestada. Al llevar la penalidad del pecado y al bajar a la tumba, Cristo la iluminó para todos los que mueren con fe. Dios, en forma humana, sacó a luz la vida y la inmortalidad por el Evangelio. Al morir, Cristo aseguró la vida eterna a todos los que crean en él. Al morir condenó al instigador del pecado y la deslealtad a sufrir la pena del pecado: la muerte eterna. {2JT 487.3}
El Poseedor y Dador de la vida eterna, Cristo, fué el único que pudo vencer la muerte. El es nuestro Redentor; y bienaventurado es todo médico que es, en el verdadero sentido de la palabra, un misionero, un salvador de las almas por las cuales Cristo dió su vida. Un médico tal aprende del gran Médico día tras día a velar y trabajar por la salvación de las almas y los cuerpos de hombres y mujeres. El Salvador está presente en la pieza del enfermo, en la sala de operaciones; y su poder, para gloria de su nombre, realiza grandes cosas. {2JT 488.1}
El médico puede hacer una noble obra si está relacionado con el gran Médico. Puede hallar oportunidad de decir palabras de vida a los parientes del enfermo, cuyos corazones están llenos de simpatía por el doliente; y puede enternecer y elevar la mente del doliente para inducirle a mirar al que puede salvar hasta lo sumo a todos los que se allegan a él en busca de salvación. {2JT 488.2}
Los ángeles impresionarán las mentes
Cuando el Espíritu de Dios obra sobre la mente del afligido y le induce a indagar la verdad, trabaje el médico por el alma preciosa como trabajaría Cristo. No trate de insistir ante él acerca de ninguna doctrina especial, sino señálele a Jesús como el Salvador que perdona el pecado. Los ángeles de Dios impresionarán la mente. Algunos se niegan a ser iluminados por la luz que Dios quisiera dejar resplandecer en las cámaras del espíritu y en el templo del alma; pero muchos responderán a la luz, y en esas mentes quedarán disipados el engaño y el error en sus diversas formas. {2JT 488.3}
Debe aprovecharse cuidadosamente toda oportunidad de trabajar como Cristo trabajó. El médico debe hablar de la ternura y del amor de Cristo y de las obras de sanidad que realizó. Debe creer que Jesús es su compañero y que está a su lado. “Porque nosotros, coadjutores somos de Dios.” 1 Corintios 3:9. Nunca debe el médico descuidar la oportunidad de dirigir la mente de sus pacientes a Cristo, el Médico supremo. Si el Salvador mora en su corazón, sus pensamientos serán siempre encauzados hacia el Sanador del alma y el cuerpo. Conducirá la mente de sus pacientes a Aquel que puede curarlos, al que, mientras estaba en la tierra, devolvía la salud a los enfermos y sanaba el alma tanto como el cuerpo, diciendo: “Hijo, tus pecados te son perdonados.” Marcos 2:5{2JT 488.4}
Nunca debe dejar el médico que la familiaridad con el dolor le haga descuidado o carente de simpatía. En caso de enfermedad grave, el paciente siente que está a la merced del médico. Mira al médico como su única esperanza terrenal, y éste debe conducir al alma temblorosa hacia Aquel que le supera, a saber el Hijo de Dios, que dió su vida para salvarle de la muerte, que se compadece del doliente, y quien por su poder divino dará habilidad y sabiduría a todos los que se las pidan. {2JT 489.1}
Cuando el paciente no sabe cómo puede resultar su caso, es el momento en que el médico puede impresionar su mente. No debe hacerlo con el deseo de distinguirse, sino para conducir el alma a Cristo como Salvador personal. Si la vida se salva, es un alma por la cual el médico ha de velar. El paciente siente que el médico es la misma vida de su vida. ¿Y con qué fin ha de aprovecharse esta gran confianza? Siempre para ganar un alma para Cristo y magnificar el poder de Dios. {2JT 489.2}
Cuando pasó la crisis y el éxito es evidente, sea el paciente creyente o incrédulo, pásense algunos momentos con él en oración. Dad expresión a vuestro agradecimiento porque su vida fué perdonada. El médico que sigue una conducta tal, lleva a su paciente a Aquel de quien depende la vida. Las palabras de gratitud pueden fluir del paciente al médico; porque, Dios mediante, ligó esta vida con la suya; pero sean la alabanza y el agradecimiento dados a Dios, como el que está presente aunque invisible. {2JT 489.3}
En el lecho de la enfermedad, a menudo se acepta y confiesa a Cristo; y esto sucederá con más frecuencia en lo futuro de lo que ha sucedido en lo pasado; porque el Señor hará obra abreviada en nuestro mundo. Los labios del médico deben pronunciar palabras de sabiduría y Cristo regará la semilla sembrada, haciéndola llevar fruto para vida eterna. {2JT 489.4}
Han de velar por las almas
Perdemos las oportunidades más preciosas al descuidar de hablar una palabra en sazón. Con demasiada frecuencia, queda sin usar un talento precioso que debiera multiplicarse mil veces. Si no velamos para ver el áureo privilegio, pasará. En tal caso el médico dejó que algo le impidiera hacer la obra que le era señalada como ministro de la justicia. {2JT 490.1}
No hay demasiados médicos piadosos para servir en su profesión. Hay mucha obra que hacer, y los ministros y médicos han de trabajar en perfecta unión. Lucas, el escritor del evangelio que lleva su nombre, es llamado el médico amado, y los que hacen una obra similar a la suya están viviendo el Evangelio. {2JT 490.2}
Incontables son las oportunidades del médico para amonestar al impenitente, alentar al desconsolado y desesperado, y aconsejar para salud de la mente y del cuerpo. Mientras instruye así a la gente en los principios de la verdadera temperancia y como guardián de las almas da consejos a los que están mental y físicamente enfermos, el médico desempeña su parte en la gran obra de preparar a un pueblo para el Señor. Esto es lo que la obra médico misionera ha de realizar en relación con el mensaje del tercer ángel. {2JT 490.3}
Los ministros y médicos han de obrar armoniosamente y con fervor para salvar a las almas que se están enredando en las trampas de Satanás. Han de dirigir a hombres y mujeres a Jesús, su Justicia, su Fortaleza, y la Salud de su rostro. Continuamente han de velar por las almas. Hay quienes están luchando con fuertes tentaciones, en peligro de ser vencidos en la lucha con los agentes satánicos. ¿Los pasaréis por alto sin ofrecerles ayuda? Si veis un alma que necesita ayuda, entablad conversación con ella aun cuando no la conozcáis. Orad con ella. Conducidla a Jesús. {2JT 490.4}
Esta obra incumbe tan ciertamente al médico como al predicador. Por esfuerzos públicos y privados, el médico debe tratar de ganar almas para Cristo. {2JT 491.1}
En todas nuestras empresas y en todas nuestras instituciones, Dios ha de ser reconocido como el Artífice maestro. Los médicos han de ser representantes suyos. La fraternidad médica ha hecho muchas reformas, y ha de seguir progresando. Los que tienen en su mano la vida de los seres humanos deben ser educados, refinados, santificados. Entonces el Señor obrará por su medio para glorificar su nombre. {2JT 491.2}
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La obra de Cristo en favor del paralítico ilustra la manera en que hemos de trabajar. Por intermedio de sus amigos, este hombre había oído hablar de Jesús, y pidió que se le llevase a la presencia del gran Médico. El Salvador sabía que el paralítico había sido torturado por las sugestiones de los sacerdotes, de que a causa de sus pecados, Dios le había desechado. Por lo tanto, su primera obra consistió en dar paz a su espíritu. “Hijo—dijo,—tus pecados te son perdonados.” Esta seguridad llenó su corazón de paz y gozo. Pero algunos de los que estaban presentes empezaron a murmurar diciendo en su corazón: “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” Entonces, para que supiesen que el Hijo del hombre tenía poder para perdonar los pecados, Cristo dijo al enfermo: “Levántate, y toma tu lecho, y vete a tu casa.” Marcos 2:5-11. Así demostró el Salvador que unía la obra de predicar a la de sanar. {2JT 491.3}
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