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Los que ocupan puestos de responsabilidad deben ejercer cuidado para que sus palabras y ejemplo sean tales que induzcan al pueblo a tener ideas y prácticas correctas. Deben estar seguros de que en nada empequeñecen los requerimientos de Dios. Debido a que el cuarto mandamiento se desprecia en forma tan general, debemos ser tanto más sinceros y decididos al procurar honrar este precepto de la santa ley de Dios. El mensaje del tercer ángel es el que hemos de presentar al mundo. En él Dios tiene una prueba para nosotros, y si estamos a la altura de la norma, debemos ser un pueblo peculiar. {2JT 180.1}
Quienquiera que obedezca al cuarto mandamiento hallará que se traza una línea de separación entre él y el mundo. El sábado no es un requerimiento humano, sino una prueba de Dios. Es lo que distinguirá a quienes sirven a Dios de los que no le sirven; y acerca de este punto se producirá el último gran conflicto de la controversia entre la verdad y el error. {2JT 180.2}
Entre la generalidad de nuestro pueblo en estos reinos, el sábado no ha ocupado la posición exaltada en que Dios lo puso. El mundo es el instrumento que zarandea la iglesia, y prueba el carácter genuino de sus miembros. El mundo ofrece incentivos que, cuando el creyente los acepta, lo colocan donde su vida no está más en armonía con su profesión de fe. {2JT 180.3}
En sociedad con los incrédulos
Algunos de nuestros hermanos que se dedican a los negocios no han observado el sábado según el mandamiento. Algunos han estado asociados con incrédulos, y la influencia de estos socios violadores del sábado ha tenido su efecto sobre ellos. Algunos quedaron tan enceguecidos que no pudieron discernir el peligro que había en tales relaciones, pero es tanto mayor cuanto menos se lo perciba. Mientras que un socio profesa observar el sábado, el otro, con los trabajadores empleados, sigue adelante con los negocios de la firma. El observador del sábado, aunque exteriormente no trabaje, no puede separar sus pensamientos de los asuntos comerciales. Aunque se esfuerce por guardar el sábado, no lo guarda. El Señor le considera como transgresor. {2JT 180.4}
Aun en las relaciones comerciales, no podemos, sin que esto afecte los principios, relacionarnos con aquellos que no son leales a Dios. Lo que una parte considera prohibido por su conciencia, la otra lo permite. Y esto no sólo en relación con asuntos religiosos, sino también en las transacciones comerciales. Uno actúa por motivos egoístas, sin tener en cuenta la ley de Dios ni la salvación del alma; y si el otro ama sinceramente a Dios y la verdad, tendrá que sacrificar los buenos principios, o se producirán frecuentes y dolorosas diferencias. {2JT 181.1}
Necesitará sostener una lucha continua para resistir a la influencia mundanal y el ejemplo de su socio impío. Tiene que arrostrar grandes dificultades; porque se colocó sobre el terreno del enemigo. La única conducta segura estriba en prestar atención a la orden inspirada: “No os juntéis en yugo con los infieles: porque ¿qué compañía tiene la justicia con la injusticia? ¿y qué comunión la luz con las tinieblas?” “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré.” 2 Corintios 6:14, 17{2JT 181.2}
La asistencia a la escuela en sábado
Algunos de nuestros hermanos han enviado a sus hijos a la escuela en sábado. No estaban obligados a hacer esto, pero las autoridades escolares ponían reparosenrecibir a los niños a menos que asistieran los seís días. En algunas de estas escuelas, los alumnos no sólo reciben instrucción en los ramos comunes de estudio, sino que se les enseña a hacer diversas clases de trabajo; y allí los niños de los que profesan guardar los mandamientos de Dios han sido enviados en sábado. Algunos padres han procurado justificar su conducta citando la declaración de Cristo, de que es lícito hacer bien en sábado. Pero el mismo raciocinio demostraría que los hombres pueden trabajar en sábado porque deben ganar el pan de sus hijos; y no habría límite ni frontera para indicarnos lo que debe hacerse y lo que no debe hacerse. {2JT 181.3}
Si estos amados hermanos hubiesen poseído mayor espiritualidad, si hubiesen comprendido el carácter obligatorio de la ley de Dios, como debiera comprenderlo cada uno de nosotros, habrían conocido su deber, y no habrían andado en tinieblas. Les fué muy difícil ver cómo podían seguir otra conducta. Pero Dios no consulta nuestra conveniencia en cuanto a sus mandamientos. Espera de nosotros que los obedezcamos, y que así enseñemos a nuestros hijos. Tenemos delante de nosotros el ejemplo de Abrahán, el padre de los fieles. El Dios del cielo dice: “Porque yo lo he conocido, sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová.” Génesis 18:19. Y ésta fué la razón por la cual se pronunciaron grandes bendiciones sobre él y su posteridad. {2JT 182.1}
Nuestros hermanos no pueden esperar la aprobación de Dios mientras colocan a sus hijos donde les es imposible obedecer al cuarto mandamiento. Deben esforzarse por hacer algún arreglo con las autoridades para que sus hijos sean excusados de asistir a la escuela el séptimo día. Si esto fracasa, entonces su deber es claro: obedecer a cualquier costo los requerimientos de Dios. {2JT 182.2}
En algunos lugares de la Europa Central, ciertas personas han sido multadas y encarceladas por no mandar a sus hijos a la escuela en sábado. En un lugar, después que un hermano hubo presentado claramente su fe, vino el oficial de justicia a su puerta y obligó a los niños a ir a la escuela. Los padres les dieron una Biblia en vez de sus libros de texto comunes, y dedicaron el tiempo a estudiarla. Pero dondequiera que pueda hacerse, nuestros hermanos deben establecer escuelas propias. Donde no pueden hacer esto, deben trasladarse tan pronto como sea posible a algún lugar donde puedan estar libres para guardar los mandamientos de Dios. {2JT 182.3}
La prueba de la lealtad
Algunos insistirán en que el Señor no es tan meticuloso en sus requerimientos; que no es su deber observar estrictamente el sábado con tanta pérdida, ni ponerse en conflicto con las leyes del país. Pero en esto es precisamente donde viene la prueba, en saber si honraremos la ley de Dios por encima de los requerimientos de los hombres. Esto es lo que hará distinción entre quienes honran a Dios y quienes le deshonran. En esto es donde hemos de demostrar nuestra lealtad. La historia del trato de Dios con su pueblo en todas las épocas demuestra que él exige una obediencia estricta. {2JT 183.1}
Cuando el ángel destructor estaba por recorrer la tierra de Egipto, y herir a los primogénitos de los hombres y de las bestias, se indicó a los israelitas que tuviesen a sus hijos consigo en casa, y rociasen los dinteles de las puertas con sangre, que ninguno quedase fuera de la casa; porque todos los que fuesen hallados entre los egipcios serían destruídos con ellos. Supongamos que un israelita hubiese descuidado de colocar la señal de la sangre sobre su puerta, diciendo que el ángel de Dios podía distinguir entre los hebreos y los egipcios; ¿habrían custodiado esa morada los centinelas celestiales? Debemos aplicarnos esta lección a nosotros mismos. {2JT 183.2}
Nuevamente ha de recorrer la tierra el ángel destructor. Se ha de colocar una marca sobre el pueblo de Dios, y esa marca es la observancia de su santo sábado. No hemos de seguir nuestra propia voluntad y juicio, e imaginarnos que Dios cumplirá nuestras condiciones. Dios prueba nuestra fe al darnos una parte que desempeñar en relación con su intervención en nuestro favor. Sus promesas se cumplirán para los que cumplan las condiciones; pero todos los que se atrevan a desviarse de sus instrucciones, para seguir un camino de su propia elección, perecerán con los impíos cuando sus juicios caigan sobre la tierra. {2JT 183.3}
Si los padres permiten que sus hijos reciban educación en el mundo y hagan del sábado un día común, entonces no podrá ser puesto sobre ellos el sello de Dios. Serán destruídos con el mundo; y ¿no recaerá su sangre sobre los padres? Pero si enseñamos fielmente a nuestros hijos los mandamientos de Dios, los sometemos a la autoridad paternal y luego por la fe y la oración los confiamos a Dios, él cooperará con nuestros esfuerzos porque lo ha prometido. Y cuando el azote abrumador recorra la tierra, ellos estarán con nosotros escondidos en el pabellón secreto del Señor. {2JT 184.1}
La observancia escrupulosa del sábado
Dios sacó a su pueblo Israel de Egipto para que pudiese guardar su sábado, y les dió indicaciones especiales acerca de cómo observarlo. Los diez preceptos pronunciados por su voz en el Sinaí y las instrucciones dadas a Moisés fueron registrados para beneficio de todos los que hubiesen de vivir en la tierra hasta el fin del tiempo. Dios ha dado al hombre seis días en que trabajar, pero se ha reservado el séptimo y ha pronunciado una bendición sobre quienes lo santifiquen. {2JT 184.2}
El día anterior al sábado debe ser hecho día de preparación, a fin de que todo esté listo para sus horas sagradas. “Lo que hubiereis de cocer, cocedlo hoy, y lo que hubiereis de cocinar, cocinadlo.” “Mañana es el santo sábado, el reposo de Jehová.” Éxodo 16:23{2JT 184.3}
La misericordia divina ha indicado que se debe cuidar a los enfermos y dolientes; el trabajo requerido para que estén cómodos es una obra necesaria, y no una violación del sábado. Debe evitarse todo trabajo innecesario. Muchos postergan negligentemente hasta el comienzo del sábado cosas pequeñas que debieran hacerse en el día de preparación. Esto no debe ser. Cualquier trabajo que sea descuidado hasta el comienzo del tiempo sagrado debe permanecer sin hacerse hasta que haya pasado el sábado. {2JT 184.4}
Debe velarse sobre las palabras y los pensamientos. Los que hablan de asuntos comerciales y hacen planes en sábado, son considerados por Dios como si se hubiesen dedicado realmente a efectuar los negocios. Para santificar el sábado, no debemos permitir siquiera a nuestra mente que se espacie en cosas de carácter mundano. {2JT 185.1}
Se hace generalmente del domingo un día de banquete y búsqueda de placer; pero el Señor quiere que su pueblo dé al mundo un ejemplo más elevado y santo. En el sábado debe haber una solemne dedicación de la familia a Dios. El mandamiento incluye a todos los que están dentro de nuestras puertas; todos los que viven en la casa deben poner a un lado sus quehaceres mundanos, y dedicar las horas sagradas a la devoción. Unanse todos en servir alegremente a Dios en ese santo día. {2JT 185.2}

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