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Capítulo 11—El casamiento de Isaac
Este capítulo se basa en Génesis 24.
Los canenos eran idólatras, y el Señor había ordenado a su pueblo que no se casara con ellos para que no lo llevaran a la idolatría. Abrahán era anciano y esperaba morir pronto. Pero Isaac todavía no se había casado. Al patriarca le preocupaba la influencia corruptora que rodeaba a Isaac, y ansiaba escoger una esposa para él que no lo apartara de Dios. Encargó este asunto a su fiel y experimentado siervo, que administraba todo lo que tenía. {HR 86.1}
Abrahán le solicitó que hiciera un solemne juramento delante del Señor en el sentido de que no tomaría esposa para Isaac de entre los cananeos, sino que iría a la familia de Abrahán, que creía en el Dios verdadero, a fin de escoger allí una mujer para Isaac. Le encargó que se cuidara de no llevar a su hijo al país de donde él había venido, porque allí casi todo el mundo se había entregado a la idolatría. Si no podía encontrar una esposa para Isaac que estuviera dispuesta a dejar su familia para venir a vivir donde él estaba, entonces podría sentirse libre del juramento que había hecho. {HR 86.2}
No se dejó que este importante asunto quedara en manos de Isaac, para que él lo resolviera solo, independientemente de su padre. Abrahán dijo a su servidor que Dios enviaría su ángel delante de él para dirigirlo en esa misión. El siervo a quien se encargó el asunto comenzó su largo viaje. Cuando llegó a la ciudad donde vivían los parientes del patriarca oró fervientemente a Dios a fin de que lo dirigiera en la elección de una esposa para Isaac. Pidió que se le dieran evidencias de modo que no se equivocara en el asunto. Se sentó a descansar junto a una fuente, que era un lugar donde mucha gente se reunía. Notó en forma particular los modales agradables y la conducta cortés de Rebeca, y llegó a la conclusión, por las evidencias que le había pedido al Señor, que ésta era la que Dios se había complacido en elegir para que llegara a ser la esposa de Isaac. La joven invitó al siervo a la casa de su padre. Allí comunicó a éste y a su hermano las evidencias que había recibido del Señor en el sentido de que Rebeca debía ser la esposa de Isaac, el hijo de su amo. {HR 86.3}
Entonces el siervo de Abrahán les dijo: “Ahora, si vosotros hacéis misericordia y verdad con mi señor, declarádmelo; y si no, declarádmelo; y me iré a la diestra o a la siniestra”. El padre y el hermano respondieron: “De Jehová ha salido esto; no podemos hablarte malo ni bueno. He aquí Rebeca delante de ti; tómala y vete, y sea mujer del hijo de tu señor, como lo ha dicho Jehová. Cuando el criado de Abraham oyó sus palabras, se inclinó en tierra ante Jehová”. {HR 87.1}
Cuando todo estuvo arreglado, y se había conseguido el consentimiento del padre y el hermano, se consultó a Rebeca en el sentido de si estaría dispuesta a ir con el siervo de Abrahán a un lugar tan distante de la familia de su padre para convertirse en la esposa de Isaac. Por causa de lo que había sucedido ella creyó que Dios la había elegido para que fuera la esposa de Isaac, “y ella respondió: Sí, iré”. {HR 87.2}
Los contratos matrimoniales se tramitaban entonces generalmente entre los padres; no obstante, no se obligaba a nadie a que se casara con alguien que no podía amar. Pero los hijos tenían confianza en el juicio de sus padres, y seguían sus consejos, y brindaban su afecto a los que habían elegido para ellos sus piadosos padres. Se consideraba que era delictuoso seguir una conducta distinta de ésta. {HR 88.1}
Un ejemplo de obediencia filial
Isaac había sido educado en el temor de Dios para vivir una vida de obediencia. Y cuando llegó a los cuarenta años aceptó que el experimentado y piadoso siervo de su padre eligiera esposa en su lugar. Creía que Dios dirigiría las cosas con respecto a su mujer. {HR 88.2}
El caso de Isaac está registrado como ejemplo a seguir por los hijos de las generaciones posteriores, especialmente de los que profesan temer a Dios. La conducta seguida por Abrahán en la educación de Isaac, que lo indujo a vivir una existencia de noble obediencia, está registrada también en beneficio de los padres y debiera inducirlos a ordenar su casa después de sí. Debieran instruir a sus hijos para que se sometan a su autoridad y la respeten, y debieran comprender que descansa sobre ellos la responsabilidad de guiar los afectos de sus hijos para que los pongan en personas que según su juicio les indica van a ser compañeros adecuados para sus hijos e hijas. {HR 88.3}
Iglesia de Elche

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