Carácter y obra de los maestros

Carácter y obra de los maestros

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{2JT 425.1}
Deben elegirse maestros entendidos para nuestras escuelas, maestros que se sientan responsables ante Dios por grabar en las inteligencias la necesidad de conocer a Cristo como Salvador personal. Desde el grado más alto al más bajo, deben demostrar especial cuidado por la salvación de los alumnos y mediante su esfuerzo personal procurarán guiar sus pies por senderos rectos. Deben mirar con compasión a aquellos que han sido mal enseñados en la infancia y tratar de remediar defectos que, si se conservan, perjudicarán grandemente el carácter. No puede hacer esta obra quien no haya aprendido primero en la escuela de Cristo la debida manera de enseñar. {2JT 425.2}
Todos los que enseñan en nuestras escuelas deben tener una unión íntima con Dios y una perfecta comprensión de su Palabra, a fin de que puedan volcar la sabiduría y el conocimiento divinos en la obra de educar a los jóvenes para su utilidad en esta vida y para la vida futura e inmortal. Deben ser hombres y mujeres que no sólo conozcan la verdad sino que también sean hacedores de la Palabra de Dios. El “Escrito está” debiera manifestarse en sus vidas. Mediante su propio proceder deben enseñar sencillez y hábitos correctos en todas las cosas. Nadie debe unirse a nuestras escuelas como educador si no ha tenido experiencia en obedecer a la Palabra del Señor.{2JT 425.3}
Los directores y maestros tienen necesidad de ser bautizados con el Espíritu Santo. La ferviente oración de las almas contritas será acogida ante el trono de Dios y él la contestará a su debido tiempo si por la fe nos aferramos de su brazo. Piérdase el yo en Cristo y Cristo en Dios, y habrá una manifestación de su poder que enternecerá y subyugará los corazones. Cristo enseñó de una manera completamente diferente de los métodos ordinarios; y nosotros debemos cooperar con él. {2JT 426.1}
La enseñanza significa mucho más de lo que muchos suponen. Se requiere gran habilidad para hacer comprender la verdad. Por esta razón cada maestro debe procurar que aumente su conocimiento de la verdad espiritual; pero no puede obtener este conocimiento si se aparta de la Palabra de Dios. Si quiere que mejoren diariamente sus facultades y aptitudes, debe estudiar; debe comer y asimilar la Palabra y trabajar como trabajó Cristo. Cada facultad del alma que se nutre con el pan de vida será vigorizada por el Espíritu de Dios. Esta es la comida que a vida eterna permanece. {2JT 426.2}
Los maestros que aprendan del Gran Maestro percibirán la ayuda de Dios como la percibieron Daniel y sus compañeros. Les es necesario ascender hacia el cielo en lugar de permanecer en el llano. La experiencia cristiana debe combinarse con la educación verdadera. “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados una casa espiritual, y un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo.” 1 Pedro 2:5. Los maestros y alumnos deben estudiar esta ilustración y ver si pertenecen a la clase que, en virtud de la abundante gracia ofrecida, alcanza la experiencia que ha de tener todo hijo de Dios antes de que pueda pasar al grado superior. En toda su enseñanza, los maestros deben impartir luz del trono de Dios, porque la educación es una obra cuyos efectos se verán durante los siglos sin fin de la eternidad. {2JT 426.3}
Los maestros deben inducir a los alumnos a pensar y a comprender claramente la verdad por sí mismos. No basta que el maestro explique o que el alumno crea; se ha de provocar la investigación e incitar al alumno a enunciar la verdad en su propio lenguaje para demostrar que ve su fuerza y se la aplica. Con esmerado esfuerzo deben grabarse así en la mente las verdades vitales. Podrá ser éste un procedimiento lento; pero vale más que recorrer con demasiada prisa asuntos importantes sin darles la consideración debida. Dios espera de sus instituciones que sobrepujen a las del mundo por cuanto le representan. Los hombres verdaderamente unidos con Dios mostrarán al mundo que él es quien maneja el timón. {2JT 427.1}
Nuestros maestros necesitan aprender de continuo. Los reformadores deben reformarse a sí mismos no sólo en sus métodos de trabajo, sino también en su corazón. Necesitan ser transformados por la gracia de Dios. Cuando Nicodemo, un gran maestro de Israel, vino a Jesús, el Maestro le expuso las condiciones de la vida divina, enseñándole el alfabeto mismo de la conversión. Nicodemo preguntó: “¿Cómo puede ser esto?” “¿Tú eres un maestro de Israel—respondió Jesús—y no entiendes esto?” Juan 3:9, 10 (VM); Esta pregunta podría dirigirse a muchos de los que ahora ocupan el puesto de maestros, mas han descuidado la preparación esencial que los habilite para dicha tarea. Si las palabras de Cristo fueran recibidas en el alma, habría una percepción mucho más elevada y un conocimiento espiritual mucho más profundo de lo que constituye un discípulo, un sincero seguidor de Cristo y un educador a quien él pueda aprobar. {2JT 427.2}
Muchos de nuestros maestros tienen mucho que desaprender y mucho que aprender, de diferente carácter. A menos que estén dispuestos a hacer esto, a menos que lleguen a familiarizarse perfectamente con la Palabra de Dios y sus inteligencias se contraigan a estudiar las gloriosas verdades referentes a la vida del Gran Maestro, fomentarán precisamente los errores que el Señor está tratando de corregir. Planes y opiniones que no debieran concebirse se grabarán en su mente; y con toda sinceridad llegarán a conclusiones erróneas y peligrosas. De este modo se sembrará una semilla que no es grano verdadero. Muchas costumbres y prácticas comunes en la obra escolar y que tal vez se tienen por cosas pequeñas, no pueden ahora introducirse en nuestras escuelas. Podrá ser difícil para los maestros abandonar ideas y métodos por largo tiempo acariciados; con todo, si quieren, sincera y humildemente, preguntarse a cada paso: ¿Es éste el camino del Señor? y se entregan a su dirección, él los conducirá por senderos seguros, y sus maneras de ver cambiarán a medida que vayan adquiriendo experiencia. {2JT 428.1}
Los maestros de nuestras escuelas tienen necesidad de escudriñar las Escrituras hasta que las comprendan individualmente, abriendo sus corazones a los preciosos rayos de luz que Dios ha dado, y andando en ellos. Entonces serán enseñados por Dios y trabajarán en direcciones enteramente distintas, vertiendo en su enseñanza menos de las teorías y sentimientos de hombres que jamás tuvieron unión con Dios. Honrarán mucho menos la sabiduría finita y sentirán en el alma un hambre profunda por aquella sabiduría que procede de Dios. {2JT 428.2}
A la pregunta formulada por Jesús a los doce: “¿Queréis vosotros iros también?” Pedro contestó: “Señor, ¿a quién iremos? tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros creemos y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente.” Juan 6:67-69. Si los maestros entrelazan estas palabras con la labor de sus aulas, el Espíritu Santo estará presente para efectuar su obra sobre las mentes y los corazones. {2JT 428.3}
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